Si hay que elegir, se prefiere perder brillo a perder letras. Se evita regrabar trazos, completar palabras o homogenizar superficies que borrarían jerarquías temporales. El criterio visual final debe permitir comprender la lectura original, distinguiendo con nitidez cualquier adición moderna, sin engaños didácticos.
Cada decisión queda justificada en informes claros, con fotografías antes, durante y después, fichas de materiales y firmas responsables. Esta trazabilidad permite auditorías, segundas opiniones y aprendizaje institucional. También protege a la comunidad frente a intervenciones opacas que comprometerían la confianza y la integridad del patrimonio compartido.
Arqueólogos, historiadores del arte, químicos, y portadores de memoria local aportan miradas complementarias. Juntos ponderan riesgos y beneficios, pactan límites y definen prioridades. El consentimiento informado, explicado en lenguaje accesible, evita malentendidos y asume que preservar información supera siempre al ansia de una apariencia impecable inmediata.
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